domingo, 15 de agosto de 2010

Quien maneja mi carruaje?

¿Quien conduce mi carruaje?




En un mundo con tanta incertidumbre acerca de todo lo que me rodea, en el que lo que una vez fue una verdad absoluta, hoy son solo los escombros de una broma de mal gusto. Lo que antes servía de pilar, de cimientos para edificar una persona, desde lo más básico como los principios y los modales, termino creciendo tanto que cuando paso las nubes y no vio nada, no le quedo más que bajar y sentarse en su peana. Y como vivimos en una sociedad que nos pone en un estrado cada vez que no sabemos lo que estamos haciendo, o aun mejor, cuando no sabemos esconder el hecho de que no tenemos ni la menor idea de lo que estamos haciendo, a diferencia del resto de la gente.

Poco después de mi nacimiento fui ingratamente despojado de mi inocencia por medio de la institucionalización de mi espiritualidad con el bautizo católico. Criado para recitar oraciones como un método de trueque entre un dios, en el que yo le rezaba, le agradecía por el favor anterior, y le pedía algo más. ¿Qué mas iba a creer un niño con un padre alcohólico, que rezo desde que podía hablar, y un día su padre decidió buscar ayuda? Un milagro, en su momento lo creí. Entonces se puede decir que por los primeros 13 años de mi vida, mi carruaje fue dirigido por mis creencias católicas, las que tutelaban mis emociones y mis pensamientos.

A mis 13 años, mi abuela paterna fue atropellada por un bus, cuyas llantas delanteras pasaron por encima de sus ya frágiles piernas. Fue llevada de emergencia al Calderón, donde fue operada con “éxito”. Un éxito que fue tan vago y tan efímero que hasta la fecha el dolor me acecha al pensarlo ya que primero salieron a decirnos que habían logrado amputarle las piernas “satisfactoriamente”, como si tal cosa existiera. Hasta ese momento íbamos bien, no había nada que hacer, los accidentes suceden. 5 horas pasaron desde su operación para que nos dejaran entrar a verla. Desde el momento en que la vi, sentí un gran dolor. Esta persona, o lo que quedaba ella, no era mi abuelita. No era aquella figura protectora en la cual yo buscaba refugio cuando me envolvían mis temores de niño. En mi mente, se había ido. Como si no fuese suficiente, una vez pasadas las 14 horas que podía durar con el efecto de la anestesia, la declararon en estado de coma. En ese momento, en lo más profundo de mí ser, sentí donde comenzaba una erupción de odio hacia todo lo que me rodeaba, odio que me llevo a tener muchos problemas. En este punto comencé una etapa de mas que ateísmo, odio hacia todo lo que fuesen creencias, y entré en una etapa lúgubre en la que creí que solo veníamos a este mundo como víctimas de la casualidad. En aquel momento, mi carruaje iba dirigido por nadie más que el odio de mis emociones y mis pensamientos hacia la vida, chocando contra todo lo que estuviese en frente.

Esa etapa fácilmente la catalogo como la más difícil pues también tuve que enfrentar de esta inmadura y destructiva manera la muerte de mi abuelo y abuela materna. Creo que queda claro que nunca he enfrentado la muerte de manera muy sana. Pero para la muerte de mi abuela materna, mi padre, un alcohólico recuperado que hasta este punto de mi vida ha sido el ejemplo más grande de dominio de emociones, mente y cuerpo, fue mi guía espiritual. Gracias a él salí de tan oscura etapa de mi vida, y logre terminar aceptando con amor hacia lo que sea que decidiese que era hora de su partida. Esta revelación se dio a mis 16 años. Desde ese momento comencé a cuestionar todo lo que se encontraba a mí alrededor, pero sin retarlo. Solo cuestionándome como un sano ejercicio, ya que comprendí que ese era el propósito mayor para el existir de mi mente. Entonces entre las cosas que comprendí fue que mi espiritualidad no puede ni debe ser encarcelada por la institucionalización de la misma y que sería una tontería restringirme a ponerle un nombre a mis creencias y decidí que quería aprender a sacar lo mejor de cada enseñanza que me da la vida, por medio de lecturas u otros medios por el que se comunican los mensajes y enseñanzas de diferentes “profetas” de ciertas religiones, pensadores y filósofos que la vida me pone en frente.

En este punto en mi vida, no me importa de donde venga el mensaje, sea una canción, un texto religioso, o como sucedió el otro día que le estaba leyendo un “cuento de mi tía panchita” a mi sobrina, la voy a tomar, porque el universo o poder superior o como quiera llamársele, tiene una manera de poner en armonía todo lo que pasa, solo es cuestión de estar listo para entenderlo. Por este motivo creo que en este punto de mi vida, no le tengo nombre a lo que me dirige, pero me siento seguro pues me gusta el camino por el que voy.

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